Fiebre de referéndum
És un tema que sol tocar-me els nassos, i és la impunitat, tractes de favoritisme o el que sigui que se’ls hi dona a les grans entitats esportives de les ciutats. Mentre les entitats petites tenim problemes fins i tot per accedir dignament a unes instal·lacions, els grans clubs intocables es dediquen al negoci del pelotazo.
Va passar fa uns anys amb el Camp de l’Espanyol, després va ser el torn del Madrid, i ara després d’intentar posar el nom de “Camp nou” a una parada de metro (per sort crec que l’ajuntament es va plantar amb el no) ara toca la requalificació dels terrenys del miniestadi, 1625 pisos i 7,06 hectàrees de sòl d’equipaments esportius que desapareixeran de Barcelona… però es clar, podem fer un referèndum per la diagonal però no per aquest tema, que per a mi és igual d’important per la ciutat… amb el totpoderós Barça em topat!
Eh! sóc del Barça, però això no treu que quan un cop darrere d’altre veig que aquest gegant es mou sense importar-li una merda a qui trepitja em donen ganes d’enviar-los a pastar. (i això sense tenir en compte que han posat el punt de mira en la nostra cursa…)
Respecte aquest tema, avui he llegit aquest interessant article de Francesc Valls a El País mentre em torrava al sol de la platja de Cambrils.
La moda de los referendos suizos ha llegado a Barcelona. La preocupación en la capital catalana no estriba, de momento, en decidir si se deben mantener o no en pie un par de gallardos minaretes, gran argumento numérico de la consulta en la Confederación Helvética. En Barcelona la fiebre refrendataria se llama Diagonal, avenida sobre cuya forma futura se celebrará una consulta popular entre el 10 y el 16 del próximo mes de mayo. Las preguntas serán: A) ¿Quiere que sea un bulevar? B) ¿Una rambla? C) ¿Que se quede como está? La triple pregunta tiene su riesgo, pues la inclinación natural arrastra a la ciudadanía a lo malo conocido antes que a lo bueno por conocer… (segueix)
En esta ciudad no tendríamos Plan Cerdà -que perdió el concurso convocado por el Ayuntamiento en 1859- ni habríamos derribado las murallas si del voto popular hubiera dependido. Ya más cerca, en 1992, la reforma del Portal de l’Àngel levantó todo tipo de suspicacias de los comerciantes, que veían en la prohibición al tráfico rodado una amenaza peor que las colectivizaciones para su volumen de negocio. Una parte de la ciudadanía y el botiguer tienden a defender lo que conocen por miedo al incierto futuro. Pero el gobernante debe, o debería, mantener su visión estratégica de ciudad y envolverse cual Esquilache en un cierto despotismo ilustrado. Hay que tomar decisiones sin tener que tocar las campanas y convocar obligatoriamente al somatén en cada ocasión. Pero se precisan visionarios de talla, capaces de generar ilusión en una ciudad que ha perdido pulso desde los Juegos Olímpicos. Por eso tiene importancia el proyecto del alcalde Hereu de convertir la Diagonal en un eje revitalizado (sobre todo desde el Cinc D’Oros hasta Glòries) que imprima dinamismo a Barcelona.
Ahora, precisamente, estamos enzarzados en un referéndum al respecto y, para complicarlo todo un poco más, el alcalde en cada comparecencia pública huye del tabú de pronunciar la palabra tranvía. En plena ceremonia de confusión, muy pocos se preguntan sobre la génesis, el porqué de una consulta popular que nace con el pecado original de la falta de mayoría del equipo de Gobierno municipal. Hereu trata de buscar el empaque presidencialista, atrapado como está por frías las cifras (en minoría) de la composición del Consistorio. De hecho, el referéndum tomó cuerpo a propuesta de Esquerra Republicana, cuando el bipartito PSC-Iniciativa trataba de sacar adelante sus presupuestos para el año 2009. Fue la torna que exigieron los republicanos: que la ciudadanía se pronunciara en las urnas. Todo acabó de aderezarlo CiU, cuyos votos eran imprescindibles, pues para realizar la consulta se precisaba una mayoría cualificada de dos tercios. Convergència apoyó la consulta proponiendo una tercera y envenenada opción: que se quede la Diagonal como está. De todo este trenzado queda fuera el Partido Popular, que parece estar jugando en otra liga. Hasta aquí, todo de manual: el gobierno municipal trata de gobernar en minoría como puede y la oposición, de ponerle todas las piedras que encuentra en el camino.
Es cierto que la Carta Municipal permite y prevé la convocatoria de este tipo de consultas ciudadanas. Pero la primera pregunta que le sugiere eso al barcelonés inquieto es: ¿Por qué los partidos no mostraron tal calado democrático cuando de la recalificación de los terrenos del Miniestadi del Barça se trataba? Alta política. En esta ciudad hemos elevado a categoría de noli me tangere los pelotazos urbanístico-deportivos. Hay jurisprudencia sobre este tipo de dogmas desde que se recalificaron los terrenos del Espanyol, en Sarrià. Lo del Barça supondrá 1.264 pisos más, unos 15.000 metros cuadrados se destinarán a hoteles y 8.000 metros al sector terciario. El beneficio para el club asciende, según el Ayuntamiento, a 70 millones. A juicio del club, la recalificación le reportará no menos de 300 millones de euros.
Metidos, pues, en este embrollo de la Diagonal por la dinámica de partidos, hay que exigir que unos y otros se pronuncien con nitidez. Deben mostrar apuestas decididas y creíbles a favor o en contra del proyecto. Han de dejar de lado vaporosos proyectos y mojarse. Los socialistas e Iniciativa han de echar toda la carne en el asador y definir su proyecto con tranvía incluido. Xavier Trias debe contar qué Diagonal quiere, al igual que el republicano Jordi Portabella. En el invento llevamos gastados dos millones de euros. Y, por favor, si hay que convocar referendos que no sea por dos minaretes.





























